A Florencia Bonelli poco o nada preocupa la hipótesis de que, en sentido estricto, los géneros literarios no existen. Y más. Afirma la escritora cordobesa cada vez que cuadra, que la novela romántica es un género de y para mujeres. Y que como los hombres no tienen el romanticismo necesario para abocarse a tal menester, son las mujeres en general, y ella en particular, quienes ponen manos a la obra.
Una vez asumida esa certeza, que viene de la mano de la etiqueta "género de entretenimiento", postula Bonelli que las miles de mujeres que consumen historias fecundas en miel y desencuentros en dosis copiosas responden a una suerte de fatalismo: que como la vida cotidiana es aburrida y carece de romanticismo, qué mejor que buscar ese romanticismo en una historia de amor fundada, cifrada y macerada en el deseo incapaz de evitar los tomentos y en los tormentos incapaces de sofocar los crepitares del amor.
De esa alquimia, pues, va la segunda parte de la trilogía Caballo de Fuego, del tumultuoso vínculo entre Eliah Al Saued y Matilde Martínez o, enunciado de otro modo, entre un influyente caballero árabe que dirige una empresa de seguridad que sirva de fachada a sus prácticas de espionaje; y una pediatra argentina que atesora la ilusión de radicarse en una ONG de Africa.

Romántica amanuense
Eliah y Matilde comienzan por seducirse, repelerse y desearse, hasta que al modo de los puercoespines encuentran la óptima distancia para entrelazarse y disfrutarse, pero conforme se diluye la placidez de los cantos de sirena parisinos irrumpe, amenazante, el lado oscuro de la luna.
Ella viaja a la República Democrática del Congo y en tal geografía la aventura cobra su múltiple dimensión de suceso extraño, incierto, de travesía peligrosa y, desde luego, de puente que ora los agrupa, ora los separa. Porque si una gracia tiene esta romántica historia  concebida por una amanuense de romanticismos, como la Bonelli, es la siempre latente sensación de que a Eliah y Matilde todo los une y todo los desune. Que la fuerza de ese amor es tan descomunal como las fuerzas que conspiran para el mal.
Definida la estructura de un relato digno de ser seguido con la misma fruición que las damas, por caso, siguen los culebrones venezolanos, Bonelli despliega al máximo su innegable oficio para sazonar el plato con sub-historias, o historias laterales, o yuxtapuestas, que como es de rigor serán condición indispensable de las zozobras de un amor a prueba de varias plagas.
Por si no se ha dicho hasta aquí, la autora de Indias Blancas está a la altura de las circunstancias requeridas por sus innúmeros fans. © LA GACETA